Sillustani
| Sillustani | ||
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| Sillustani | ||
| Patrimonio Cultural de la Nación | ||
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Complejo arqueológico de Sillustani | ||
| Ubicación | ||
| Región |
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| Cordillera | Andes | |
| País |
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| División | Puno | |
| Subdivisión | Atuncolla | |
| Localidad | Puno y Puno | |
| Ubicación | Puno | |
| Coordenadas | 15°43′16″S 70°09′30″O / -15.72111111, -70.15833333 | |
| Historia | ||
| Tipo | Cementerio prehispánico | |
| Cultura | Colla, inca | |
| Descubrimiento y hallazgos | ||
| Arqueológicos | complejo funerario | |
| Dimensiones del sitio | ||
| Área | 60 ha aprox. | |
| Planos y mapas | ||
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Ubicación en Perú | ||
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Ubicación en Puno | ||
Sillustani es un sitio arqueológico y complejo funerario prehispánico situado en la península de Umayo, en el distrito de Atuncolla, provincia de Puno, en el sur del Perú. Es conocido principalmente por sus chullpas, torres funerarias construidas por sociedades altiplánicas antes y durante el periodo incaico.[1]
El complejo se ubica en la orilla oriental de la laguna Umayo, a unos 31 km de la ciudad de Puno, y ocupa la explanada y las laderas de una península desde la cual se domina visualmente el paisaje circundante.[2] La ficha oficial del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo registra un área aproximada de 60 hectáreas y 91 torres funerarias, además de terrazas, corrales, escalinatas, monolitos, intiwatanas, quilcas y otros restos arqueológicos distribuidos sobre la península.[1]
Sillustani formó parte del ámbito cultural de los señoríos altiplánicos y alcanzó especial importancia durante el desarrollo de la sociedad colla. Posteriormente, el sitio fue incorporado al dominio incaico, hecho que se expresa en la presencia de edificios funerarios de distinta técnica, escala y acabado.[3]
El sitio es también relevante por la historia de su investigación y conservación. En 1971, durante trabajos de limpieza y restauración, se registró el hallazgo conocido como el Tesoro de Sillustani, conjunto de objetos arqueológicos asociado a la chullpa del Lagarto y estudiado posteriormente como parte del ajuar funerario de un personaje qolla de alto rango.[4]
Por su monumentalidad, por la concentración de torres funerarias y por su relación con Hatuncolla y la laguna Umayo, Sillustani se considera uno de los ejemplos más representativos del fenómeno chullpario en el altiplano del Titicaca.[5]
Etimología
[editar]El nombre Sillustani suele explicarse a partir de voces quechuas y aimaras relacionadas con la palabra sillu, «uña», y con expresiones asociadas a una superficie lisa o resbaladiza. Una interpretación difundida traduce el topónimo como «resbaladero de uñas», en alusión al pulido y ajuste de los bloques de piedra de algunas chullpas.[1]
La explicación etimológica debe entenderse como una interpretación tradicional del topónimo. En la bibliografía turística e institucional se conserva principalmente por su relación con el acabado de los paramentos de piedra, especialmente en las chullpas de mejor factura.
Ubicación y entorno
[editar]El complejo arqueológico se encuentra en el centro poblado de Umayo, dentro del distrito de Atuncolla, en una península rodeada por la laguna Umayo. La altitud registrada para el recurso turístico es de 3902 m s. n. m.[1] Su emplazamiento sobre una elevación natural permite una amplia visibilidad de la laguna y de la meseta circundante.
El entorno combina rasgos naturales y arqueológicos. En las laderas y bordes de la península se observan terrazas, corrales, afloramientos rocosos y restos constructivos. La ubicación del cementerio en un lugar visible y elevado ha sido interpretada como parte de la relación andina entre arquitectura funeraria, paisaje, memoria ancestral y autoridad social.[6]
El acceso actual se realiza desde la ciudad de Puno y desde la vía Puno-Juliaca, con un tramo final hacia Atuncolla y la zona de ingreso al complejo. La visita al sitio se relaciona tanto con el interés arqueológico como con la observación del paisaje de la laguna Umayo.[1]
La península de Umayo no funciona únicamente como soporte físico de las chullpas. La concentración de estructuras funerarias, caminos internos, terrazas y espacios abiertos sugiere una organización del paisaje orientada a la circulación ceremonial y a la visibilidad de los monumentos. Esta disposición permite que las torres se perciban desde distintos puntos de aproximación al sitio y desde la propia laguna, reforzando su papel como hitos territoriales. Los análisis de paisaje realizados en la cuenca occidental del Titicaca han señalado que las chullpas tienden a ubicarse en áreas de alta visibilidad, vinculadas con lugares de ocupación y con espacios de importancia económica como la laguna Umayo.[7]
Esta dimensión paisajística es central para entender la función social del complejo. En Sillustani, la arquitectura funeraria no aparece separada de la laguna, de los afloramientos rocosos ni de las rutas de acceso; por el contrario, la monumentalidad de las torres se intensifica por su exposición visual. El visitante moderno recorre un espacio que ya en época prehispánica debió funcionar mediante aproximaciones, cambios de perspectiva y puntos de concentración ritual.
La relación entre muerte, visibilidad y territorio se observa también en otros conjuntos chullparios de la cuenca del Titicaca. Por ello, el análisis de Sillustani exige combinar la descripción arquitectónica con preguntas sobre circulación, memoria y control simbólico del espacio. Esta lectura permite explicar por qué las torres se construyeron como edificios elevados y perdurables, y no como entierros ocultos o puramente domésticos.
Organización del complejo
[editar]El complejo reúne un conjunto principal de chullpas monumentales y otras estructuras de menor tamaño distribuidas en distintos sectores de la península. Mincetur registra 91 torres funerarias, entre las que se encuentran chullpas de piedra labrada, chullpas de mampostería rústica y estructuras con revestimiento de barro o caolinita.[1]
Junto a las torres se conservan terrazas, corrales, escalinatas, monolitos, recintos y afloramientos con quilcas. Estos elementos muestran que Sillustani no fue un cementerio aislado, sino un paisaje arqueológico compuesto por áreas funerarias, espacios de tránsito, lugares de observación y sectores posiblemente asociados a actividades rituales o de mantenimiento del sitio.
La organización interna del complejo también permite observar diferencias de escala y acabado entre las estructuras. Algunas chullpas destacan por su altura, por el tratamiento fino de sus bloques y por la presencia de relieves; otras son más bajas y de construcción más sencilla. Esta variedad ha sido utilizada por los investigadores para discutir diferencias cronológicas, filiaciones culturales y formas de jerarquización social dentro del altiplano prehispánico.[1]
Oscar Ayca Gallegos propuso una lectura integral del sitio en la que Sillustani aparece como un conjunto con sectores diferenciados, vocabulario arquitectónico propio y evidencias asociadas a distintas tradiciones culturales del altiplano.[8] Esta aproximación es importante porque permite observar el complejo más allá de las torres más famosas: incluye caminos, canteras, espacios de trabajo, restos de viviendas, terrazas y áreas funerarias de distinta escala.
La presencia de canteras y bloques en distintos estados de preparación ha sido usada para discutir los procesos constructivos y la posible interrupción de algunas obras. En ese sentido, Sillustani conserva no solo edificios concluidos, sino también indicios de trabajo técnico, transporte de piedra y organización laboral vinculada con la construcción funeraria monumental.[9]
Historia y ocupación cultural
[editar]Sillustani presenta evidencias de ocupaciones asociadas a distintos momentos culturales del altiplano. La información oficial del Ministerio de Cultura señala presencia de materiales vinculados a Tiwanaku en los alrededores, así como una ocupación posterior vinculada al Reino Qolla, entre los siglos XII y XV aproximadamente.[2]
Durante el Periodo Intermedio Tardío, la cuenca norte del Titicaca estuvo habitada por poblaciones collas organizadas en un territorio amplio y políticamente complejo. Aunque las crónicas coloniales describen a los collas como un señorío poderoso y relativamente centralizado, la investigación arqueológica reciente ha matizado esa imagen, al señalar la existencia de varias jerarquías regionales, identidades locales y sitios fortificados o pukaras en el área colla.[10]
El área de Hatuncolla, próxima a Sillustani, fue un punto central para comprender la incorporación del altiplano al dominio incaico. Catherine Julien estudió Hatuncolla como un caso para analizar el gobierno inca en la región del Titicaca, tomando en cuenta arqueología, cerámica, documentos coloniales y organización política local.[11] Esta relación regional ayuda a explicar por qué Sillustani debe leerse en conexión con redes políticas, caminos, asentamientos y centros administrativos próximos.
En ese contexto, Sillustani funcionó como uno de los grandes centros funerarios del altiplano. De la Vega y Stanish lo vinculan con el señorío colla y lo comparan con Cutimbo, asociado al ámbito lupaqa, como parte de una red de centros funerarios y ceremoniales que convocaban prácticas de culto a los antepasados.[6]
Con la expansión del Imperio incaico, el altiplano fue incorporado al Collasuyo. En Sillustani, esta integración se manifiesta en la coexistencia de chullpas de mampostería local y edificios de acabado más elaborado, con bloques labrados y rasgos arquitectónicos asociados a patrones cusqueños.[1]
La historia regional del Titicaca, sintetizada por Stanish, muestra que el altiplano tuvo una larga secuencia de desarrollo político y económico anterior a la conquista incaica, con sociedades complejas, sistemas agro-pastoriles, interacción interregional y centros ceremoniales de larga duración.[12] En ese marco, Sillustani representa una fase tardía de monumentalización funeraria, pero se apoya en tradiciones sociales y rituales más antiguas de la cuenca.
Después del colapso de Tiwanaku, el altiplano no quedó como un espacio vacío o culturalmente uniforme. La evidencia arqueológica muestra la formación de sociedades regionales con centros fortificados, territorios disputados y formas locales de autoridad. En el área colla, los pukaras estudiados por Arkush permiten observar una etapa marcada por competencia política, conflicto y reorganización social antes de la incorporación incaica.[13]
Sillustani debe situarse dentro de ese proceso. Sus chullpas monumentales no solo expresan prácticas funerarias, sino también la capacidad de ciertos grupos para movilizar trabajo, seleccionar materiales, ocupar lugares dominantes del paisaje y afirmar vínculos con ancestros prestigiosos. Cuando el Estado inca incorporó el Collao, esas prácticas locales no desaparecieron de inmediato; fueron reorganizadas y, en algunos casos, reforzadas mediante formas arquitectónicas asociadas al poder imperial.[14]
La cercanía de Hatuncolla es relevante porque permite conectar el cementerio monumental con un territorio político mayor. Las investigaciones sobre el gobierno inca en la región muestran que el control imperial del Titicaca no se limitó a ocupar lugares aislados, sino que articuló asentamientos, caminos, centros administrativos, poblaciones locales y espacios rituales. En ese marco, Sillustani puede leerse como un monumento funerario dentro de una geografía política más amplia, vinculada con élites locales y con la reorganización del Collao bajo dominio cusqueño.[15]
La coexistencia de rasgos locales e incas explica por qué la filiación cultural del sitio suele tratarse como un proceso histórico, y no como una alternativa simple entre «colla» e «inca». Sillustani fue usado, transformado y reinterpretado en un contexto de cambios políticos. Sus estructuras muestran continuidad de prácticas altiplánicas, pero también intervenciones que incorporan recursos técnicos y visuales asociados al poder inca. Esta condición mixta es una de las claves de su importancia arqueológica.[16]
Contexto regional de las chullpas
[editar]Las chullpas no son exclusivas de Sillustani. Forman parte de una tradición funeraria extendida en la cuenca del Titicaca y en otras zonas del altiplano sur andino. John Hyslop estudió estas estructuras en la zona lupaqa y las definió como construcciones funerarias elevadas, utilizadas entre los siglos XII y XVI por miembros de élites altiplánicas.[17]
La comparación regional permite entender mejor el lugar de Sillustani. En el altiplano existen chullpas de planta circular, cuadrangular o mixta, construidas con piedra sin labrar, bloques labrados, adobe, barro o combinaciones de materiales. La variación arquitectónica no responde a una sola causa: puede expresar diferencias cronológicas, identidades locales, rangos sociales, disponibilidad de materiales y formas distintas de relacionarse con los antepasados.
Investigaciones recientes sobre prácticas funerarias del Periodo Intermedio Tardío en la cuenca del Titicaca señalan que las chullpas monumentales de sitios como Sillustani y Cutimbo incorporan bloques tallados de estilo inca, aunque la mayoría de estructuras funerarias altiplánicas fueron más rústicas y se construyeron con piedras sin labrar.[18] Esta observación ayuda a evitar una lectura uniforme del fenómeno: Sillustani representa una versión especialmente monumental y visible de una tradición funeraria más amplia.
Francisco Gil García ha propuesto leer el fenómeno chullpario como un proceso de semantización que pasó de la descripción colonial de grandes sepulcros a interpretaciones arqueológicas centradas en linaje, memoria, paisaje y legitimación territorial.[19] Desde esa perspectiva, las chullpas no son simples contenedores de restos humanos, sino construcciones con una fuerte carga visual y social.
Duchesne y Chacama, en un estudio comparativo de torres funerarias de los Andes centro-sur, subrayan la heterogeneidad de estas estructuras y advierten que la práctica de depositar cuerpos en sepulcros elevados, visibles y accesibles no implica una uniformidad completa de prácticas funerarias.[20] Esta observación es útil para Sillustani, donde conviven distintas técnicas y acabados dentro de un mismo paisaje ceremonial.
Las investigaciones de Kesseli y Pärssinen en el altiplano de Pakasa han mostrado que los estilos arquitectónicos de las chullpas pueden relacionarse con identidades étnicas, territorios y formas de poder local.[21] Aunque su caso de estudio corresponde al altiplano boliviano, aporta un marco comparativo para comprender por qué las diferencias formales de Sillustani pueden tener significado social y no solo técnico.
En el altiplano puneño, estudios recientes sobre las chullpas de Kelluyo han destacado el uso de estas estructuras como elementos visuales y simbólicos vinculados con la presencia inca en territorios previamente ocupados por sociedades locales.[22] Esta comparación refuerza la lectura de Sillustani como un espacio donde la tradición funeraria local fue reelaborada bajo condiciones de dominación e interacción con el Estado inca.
Otro paralelo regional importante es Cutimbo, sitio funerario monumental de Puno asociado al ámbito lupaqa. Tantaleán ha mostrado que sus chullpas y áreas asociadas permiten discutir asimetrías sociales, ocupación inca y estrategias de legitimación de élites locales.[23] La comparación entre Cutimbo y Sillustani permite ver que las torres funerarias del altiplano participaron en procesos políticos diferenciados, aunque compartieran un lenguaje monumental común.
La comparación con Cutimbo, Kelluyo, Pakasa y otros conjuntos centro-sur andinos evita aislar Sillustani como una rareza monumental. Su singularidad está en la escala, conservación y concentración de evidencias, pero su lógica pertenece a una tradición funeraria amplia. En esa tradición, las chullpas podían operar como mausoleos, marcadores de territorio, emblemas de linaje y soportes de memoria colectiva.
Esta perspectiva comparativa también ayuda a corregir una lectura puramente incaica del sitio. Aunque algunas torres muestran acabados asociados al horizonte imperial, el fenómeno chullpario antecede a la expansión del Cusco y se desarrolló en sociedades altiplánicas con trayectorias propias. Sillustani es, por tanto, un lugar de cruce entre tradición local, competencia regional e intervención estatal inca.
Función ritual y funeraria
[editar]Las chullpas de Sillustani fueron mausoleos destinados a individuos de alto rango y a grupos vinculados por relaciones de linaje. La función funeraria del sitio se expresa en la preparación de cámaras interiores, la disposición de fardos o cuerpos momificados y la colocación de ofrendas, alimentos, cerámicas, metales y otros bienes asociados al difunto.[1]
La arquitectura funeraria altiplánica se relaciona con el culto a los ancestros. En la región del Titicaca, estas prácticas no se limitaron al entierro, sino que articularon memoria social, prestigio político y ritualidad comunitaria. De la Vega y Stanish sostienen que Sillustani y Cutimbo convocaron peregrinaciones anuales vinculadas con ceremonias de culto a los antepasados.[6]
La ubicación elevada de las torres y su visibilidad desde distintos puntos de la península refuerzan su carácter público y ceremonial. En este sentido, las chullpas no fueron únicamente tumbas, sino monumentos de autoridad y memoria que permanecían activos dentro del paisaje social de las comunidades altiplánicas.
El tratamiento de los muertos en el altiplano tardío fue diverso. Además de las chullpas, se conocen tumbas en cista, enterramientos semisubterráneos y otras formas de depósito funerario. Velasco señala que las diferencias entre tumbas elevadas y tumbas subterráneas pudieron reflejar distinciones de estatus entre vivos y muertos, aunque la relación entre arquitectura funeraria y jerarquía social no siempre es directa ni fácil de demostrar arqueológicamente.[24]
En el mundo andino, la muerte no implicaba necesariamente la desaparición social del individuo. Las momias, los fardos y los lugares de entierro podían conservar vínculos con los vivos mediante rituales, ofrendas, visitas y memoria genealógica. En ese marco, Sillustani puede interpretarse como un espacio donde la arquitectura protegía a los difuntos y, al mismo tiempo, hacía visible la continuidad de los grupos que los reivindicaban como ancestros.[25]
El carácter colectivo de varias chullpas también ha sido señalado en estudios regionales. Bongers, Arkush y Harrower indican que muchas torres funerarias de la cuenca del Titicaca funcionaron como lugares de enterramiento de grupos corporativos, lo que ayuda a relacionarlas con ayllus, memorias familiares y territorios.[26]
La dimensión ritual de Sillustani no puede reducirse al momento del entierro. Las torres, por su carácter visible y duradero, pudieron seguir funcionando como referencias para ceremonias posteriores, actos de memoria y formas de legitimación de los descendientes. En las sociedades andinas, los ancestros no eran solo figuras del pasado: podían organizar derechos, jerarquías, pertenencias y obligaciones dentro de la comunidad.
La posible presencia de entierros colectivos refuerza esta lectura. Un mausoleo de linaje no representaba únicamente a un individuo, sino a una red social capaz de mantener la memoria de sus muertos y de exhibir su continuidad. Por ello, el estudio de las chullpas permite acercarse tanto a la muerte como a la organización de los vivos.
Arquitectura funeraria
[editar]Las construcciones más características de Sillustani son las chullpas, torres de piedra de planta circular o ligeramente troncocónica. Algunas alcanzan dimensiones monumentales y presentan bloques finamente labrados, mientras que otras fueron levantadas con mampostería irregular y argamasa de barro.[1]
La ficha oficial del recurso distingue tres grandes tipos arquitectónicos: chullpas con aparejo de bloques labrados, chullpas de mampostería irregular y chullpas con revoque de barro o caolinita. Esta diversidad refleja diferencias cronológicas, técnicas y sociales dentro del complejo.[1]
Un rasgo frecuente es la pequeña entrada orientada hacia el este, dirección asociada simbólicamente con el sol. Debido al tamaño reducido de estas aberturas, se considera que los fardos funerarios eran introducidos antes del cierre definitivo de la cámara. Las cámaras internas se construían con piedras de menor tamaño, mientras que el exterior podía revestirse con bloques labrados de gran precisión.[1]
Entre las estructuras más conocidas se encuentra la chullpa del Lagarto, llamada así por el relieve zoomorfo visible en uno de sus bloques. La ficha de Mincetur la describe como una de las más representativas del complejo, con una altura aproximada de 12 m y un diámetro de base de 7,17 m.[1]
La diferencia entre interior y exterior es una de las claves constructivas del sitio. En varias chullpas, la cámara interna fue levantada con piedras pequeñas o medianas, mientras que el paramento exterior recibió bloques de mayor tamaño y mejor acabado. Esta técnica permitía combinar una estructura interna funcional con una superficie visible de mayor impacto monumental.
Algunas chullpas presentan cornisas, salientes o relieves zoomorfos, mientras que otras carecen de decoración. La presencia de bloques finamente trabajados en ciertos edificios ha sido relacionada con el periodo incaico o con intervenciones bajo influencia cusqueña. En cambio, las estructuras más rústicas suelen asociarse con tradiciones locales anteriores o contemporáneas a la expansión inca.[1]
La monumentalidad de Sillustani no debe entenderse únicamente como una cuestión técnica. La selección de materiales, la ubicación de las torres y el acabado exterior comunicaban prestigio, permanencia y autoridad. Por ello, el estudio arquitectónico del complejo se ha convertido en una vía para analizar la relación entre poder, memoria y ancestralidad en el altiplano.
Hyslop observó que las chullpas lupaqas variaban en tamaño, forma, material y ubicación, y que su estudio debía considerar tanto la arquitectura como el contexto social de las poblaciones que las construyeron.[27] Sillustani ofrece un caso especialmente visible de esa diversidad: sus torres combinan rasgos locales, soluciones técnicas regionales e intervenciones asociadas con el periodo incaico.
El uso de bloques finamente labrados no debe interpretarse automáticamente como sustitución cultural. En varios sitios del altiplano, la presencia de arquitectura de estilo inca convive con prácticas funerarias locales. Delgado González y coautores han señalado para Kelluyo que la arquitectura funeraria pudo operar como un mensaje visual de presencia estatal en territorios con ocupaciones anteriores.[28] En Sillustani, esta tensión entre continuidad local e influencia imperial es uno de los principales problemas interpretativos.
La construcción de una chullpa monumental implicaba varias etapas técnicas: extracción de piedra, traslado de bloques, preparación de caras visibles, ensamblaje del revestimiento exterior y cierre de la cámara funeraria. La existencia de bloques sueltos, piezas parcialmente trabajadas y estructuras inconclusas ha permitido discutir la organización del trabajo en el sitio y la posibilidad de proyectos constructivos interrumpidos.[29]
En las torres de mejor acabado, el exterior adquiere una función comunicativa. La precisión de los bloques no solo resolvía un problema estructural, sino que producía una imagen de poder, control técnico y permanencia. La pequeña escala de los accesos, en contraste con el tamaño del edificio, refuerza la diferencia entre el espacio interior, reservado para el depósito funerario, y el exterior, pensado para ser visto por la comunidad.
Los relieves zoomorfos, cornisas y salientes deben entenderse dentro de esa lógica visual. No todas las chullpas los presentan, y precisamente por eso su presencia en determinadas estructuras ayuda a diferenciar edificios, jerarquías y posibles momentos constructivos. La arquitectura funeraria de Sillustani combina así función mortuoria, técnica constructiva y lenguaje simbólico.
Quilcas y otros elementos asociados
[editar]Además de las chullpas, el complejo conserva quilcas o motivos grabados en piedra, ubicados en muros, bases de torres, bloques sueltos y afloramientos rocosos. El estudio de Berenguela Sánchez y Gori Tumi Echevarría López registró y analizó estas evidencias en el marco de investigaciones recientes vinculadas con la puesta en valor del sitio.[30]
Los autores propusieron una secuencia de grupos gráfico-formales con diferentes relaciones contextuales y cronológicas. Algunos motivos se asocian directamente con la arquitectura monumental, como los relieves de la chullpa del Lagarto y la chullpa del Amaru; otros aparecen en bloques reutilizados o en contextos secundarios.[31]
Estas quilcas amplían la lectura arqueológica de Sillustani, pues muestran que la península no solo fue un espacio de arquitectura funeraria, sino también un soporte de expresión gráfica y simbólica. Su estudio permite relacionar el sitio con tradiciones visuales del Tahuantinsuyo, del periodo colonial temprano y de otras regiones andinas.[32]
La presencia de quilcas introduce una capa adicional de lectura porque permite observar usos del sitio que no dependen exclusivamente de las grandes torres. Los motivos grabados, su ubicación y su relación con bloques reutilizados o estructuras específicas muestran que Sillustani fue intervenido visualmente en distintos momentos. Por ello, el estudio de estas evidencias ayuda a reconstruir una historia más larga de apropiación, resignificación y memoria sobre la península.
Interpretaciones arqueológicas
[editar]La interpretación de Sillustani se apoya en tres problemas principales: la cronología de las estructuras, la función social de las chullpas y la relación entre arquitectura funeraria y paisaje. Estos problemas están conectados entre sí. La forma de una torre, su ubicación y su acabado no solo permiten discutir cuándo fue construida, sino también qué grupo pudo haberla usado, cómo se vinculaba con otros monumentos y qué tipo de mensaje social transmitía.
Uno de los debates centrales es la lectura de las diferencias constructivas. Las chullpas de mampostería rústica, las torres con revoque y las estructuras con bloques labrados no representan necesariamente una secuencia lineal simple. En un mismo paisaje funerario pudieron convivir técnicas distintas, edificios remodelados y proyectos asociados a grupos de diferente rango. Por ello, la clasificación arquitectónica debe relacionarse con información regional, materiales arqueológicos, comparaciones con otros sitios y datos sobre ocupación incaica.[33][34]
Otro problema es la función del sitio dentro de la vida social altiplánica. Las chullpas fueron tumbas, pero su papel no se agotaba en contener restos humanos. Su carácter elevado y visible, su asociación con linajes y su posible participación en ceremonias periódicas permiten entenderlas como monumentos de memoria. De la Vega y Stanish han propuesto que lugares como Sillustani y Cutimbo funcionaron como centros de peregrinaje vinculados con el culto a los antepasados, lo que amplía la interpretación más allá del entierro individual.[35]
La relación con el paisaje es igualmente decisiva. Los análisis espaciales en la cuenca occidental del Titicaca han mostrado que muchas chullpas se ubican en posiciones de alta visibilidad y cerca de recursos o lugares de ocupación. En Sillustani, esta observación ayuda a explicar la elección de la península de Umayo: las torres no fueron colocadas en un lugar neutro, sino en un escenario donde agua, relieve, caminos y visibilidad reforzaban su eficacia simbólica.[36]
Las investigaciones sobre quilcas también han modificado la lectura del sitio. Los relieves y grabados muestran que Sillustani no fue solo un conjunto de arquitectura funeraria, sino un espacio donde imágenes, soportes rocosos y monumentos participaron en una historia visual compleja. Al registrar distintos grupos gráfico-formales, Sánchez y Echevarría López proponen una secuencia que permite observar continuidades, reutilizaciones y posibles momentos de resignificación del sitio.[37]
Un último aspecto interpretativo es la cautela frente a las fuentes disponibles. Algunas estructuras fueron intervenidas, restauradas o descritas antes de la consolidación de métodos arqueológicos actuales; además, varios contextos funerarios andinos fueron alterados por saqueos, reutilizaciones y remociones antiguas o modernas. Por eso, la interpretación del sitio distingue entre datos documentados, propuestas académicas y afirmaciones tradicionales. El valor de Sillustani no disminuye por esas cautelas; al contrario, se vuelve más claro cuando se presentan los límites de la evidencia.
En conjunto, estas interpretaciones muestran que Sillustani es más que un cementerio monumental. Es un caso de estudio sobre la manera en que las sociedades andinas articularon muerte, linaje, poder político, memoria pública y paisaje. Esa amplitud temática explica su relevancia dentro de la arqueología del Titicaca y dentro de la historia patrimonial de Puno.
Investigación arqueológica y antropológica
[editar]Las primeras descripciones modernas de Sillustani fueron realizadas por viajeros e investigadores del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Sánchez y Echevarría señalan que Eugene de Sartiges, Mariano Eduardo de Rivero y Johann Jakob von Tschudi, George Squier, Charles Wiener y Adolph Bandelier estuvieron entre quienes llamaron la atención sobre la monumentalidad del sitio.[38]
Bandelier publicó en 1905 un estudio específico sobre las ruinas de Sillustani en American Anthropologist. Aunque algunas de sus interpretaciones, como la idea de que las torres pudieron funcionar como depósitos, fueron superadas por la investigación posterior, su trabajo forma parte de la historia temprana de la arqueología del sitio y documenta observaciones sobre construcción, bloques y estructuras inconclusas.[39]
En la primera mitad del siglo XX, Marion H. Tschopik publicó una de las síntesis tempranas sobre la arqueología del departamento de Puno, dentro de las expediciones del Peabody Museum al sur del Perú.[40] Este tipo de estudios contribuyó a situar Sillustani dentro de un marco regional más amplio, junto con otros sitios del norte del Titicaca.
La investigación del siglo XX también incluyó debates sobre filiación cultural, técnica constructiva y cronología de las chullpas. Uriel García, Luis E. Valcárcel, Emilio Vásquez, John Hyslop, Catherine Julien y Oscar Ayca Gallegos son mencionados por Sánchez y Echevarría como parte de una secuencia de autores que profundizaron la lectura funcional, arquitectónica y cultural del complejo.[41]
La comprensión moderna de Sillustani depende en gran medida del trabajo realizado por arqueólogos, antropólogos, conservadores y funcionarios culturales. Estos especialistas no solo describieron las estructuras visibles, sino que documentaron hallazgos, registraron contextos, elaboraron inventarios y ayudaron a insertar el sitio dentro de una historia regional más amplia.
Un caso importante es el hallazgo conocido como el Tesoro de Sillustani, registrado en 1971 durante los trabajos de limpieza y restauración del complejo. El acta e inventario levantados por la Corporación de Fomento y Promoción Social y Económica de Puno documentan la participación de especialistas vinculados al registro y resguardo del hallazgo. Entre ellos se menciona al arqueólogo residente Arturo Ruiz Estrada y al arqueólogo Raúl Monzón Valdez, quienes aparecen asociados a las labores técnicas realizadas en Sillustani.[42]
La relevancia de este tipo de documentación está en que transforma un hallazgo material en un registro histórico verificable. Gracias a esos inventarios, informes y estudios posteriores, Sillustani puede ser estudiado no solo como monumento arqueológico, sino también como parte de la historia de la investigación antropológica y de la protección patrimonial en Puno.[43]
En la década de 1990, el arqueólogo Wilber Bolívar Yapura estudió el conjunto del Tesoro de Sillustani cuando se desempeñaba como director del Museo Municipal Carlos Dreyer. Su investigación permitió reinterpretar la composición del ajuar, su filiación cultural y la posible función de sus piezas dentro del atuendo funerario de un personaje qolla.[44]
La investigación sobre Sillustani se ha desarrollado en varios niveles. Por un lado, los trabajos institucionales han atendido la limpieza, restauración, registro e inventario de estructuras y materiales. Por otro, los estudios académicos han vinculado el sitio con problemas más amplios de arqueología andina, como la formación de señoríos regionales, la expansión incaica, el culto a los ancestros, la arquitectura funeraria y la producción de memoria social.
Este doble registro —técnico y académico— es importante para la historia del sitio. El primero permite conocer hechos concretos, como inventarios, hallazgos, intervenciones y responsabilidades institucionales; el segundo permite interpretar esos hechos dentro de procesos históricos mayores. En conjunto, ambos niveles explican por qué Sillustani ha pasado de ser visto como un conjunto de tumbas monumentales a ser entendido como un paisaje funerario complejo.
La historia de la investigación muestra también un cambio de preguntas. Las descripciones tempranas se concentraron en la forma visible de las torres, en la comparación con otras ruinas y en la discusión sobre su función. Los trabajos posteriores incorporaron registro de materiales, cronología, análisis regional, arquitectura del paisaje, quilcas, conservación y museografía. Esa acumulación de enfoques permite entender Sillustani como un sitio de importancia arqueológica, histórica y patrimonial.
Arturo Ruiz Estrada publicó posteriormente Hallazgos de oro, Sillustani (Puno), trabajo dedicado al conjunto descubierto en el complejo y a su descripción arqueológica.[45] Esta publicación, junto con los estudios posteriores de Bolívar Yapura, permitió que el hallazgo fuera discutido más allá de la noticia periodística inicial y se incorporara al análisis de la metalurgia, la ofrenda funeraria y la cultura material qolla.
Tesoro de Sillustani
[editar]El Tesoro de Sillustani es un conjunto de objetos arqueológicos hallados en 1971 cerca de la chullpa del Lagarto. El acta levantada por CORPUNO registra 501 piezas de oro y dos piezas de aleación no identificada, mientras que la ficha turística del Museo Municipal Carlos Dreyer describe el conjunto museográfico como integrado por 1280 objetos, entre ellos 501 de oro.[42][46]
La diferencia entre ambas cifras se explica por el modo de contabilizar el conjunto: el acta documentó el inventario inicial de piezas metálicas principales, mientras que los estudios y registros museográficos posteriores incorporan otros elementos asociados, como cuentas, conchas, huesos, cerámica y otros materiales arqueológicos.
Bolívar Yapura describe el conjunto como una ofrenda compuesta en su mayoría por objetos de oro, plata, cobre y Spondylus, además de abalorios en lapislázuli, hueso y cerámica. Por sus características formales y contextuales, el autor la asigna a la etnia qolla del Periodo Intermedio Tardío.[4]
La interpretación arqueológica del tesoro lo vincula con el atuendo y ajuar funerario de un personaje de alto rango. En este sentido, el hallazgo no solo tiene valor por la presencia de metales preciosos, sino por la información que aporta sobre la metalurgia, la indumentaria ritual, las ofrendas y la organización social de las poblaciones qollas del altiplano.[47]
El informe de Ruiz Estrada y el estudio de Bolívar Yapura permiten diferenciar los objetos metálicos principales de otros materiales asociados. Además de láminas, discos, cascabeles, brazaletes, tubos y piezas pectorales, el conjunto incluía cuentas y fragmentos cerámicos que ayudan a reconstruir su contexto funerario.[48][49]
La ubicación del hallazgo cerca de la chullpa del Lagarto resulta significativa porque vincula el conjunto con uno de los edificios más emblemáticos de Sillustani. Sin embargo, la interpretación arqueológica debe distinguir entre el valor simbólico del lugar, el contexto exacto de depósito y la historia posterior de recolección, custodia, inventario y exhibición de las piezas.
Parte del conjunto se conserva y exhibe en el Museo Municipal Carlos Dreyer, en la ciudad de Puno, dentro de la Sala Sillustani. Esta sala presenta objetos procedentes del complejo arqueológico, momias, ajuar funerario y una reproducción de una chullpa utilizada para explicar las prácticas funerarias collas.[46]
La exhibición museográfica del tesoro ha tenido un papel relevante en la difusión pública del sitio. Al trasladar parte de los materiales al Museo Municipal Carlos Dreyer, el hallazgo dejó de ser solo un acontecimiento local de 1971 y se integró a un relato regional sobre la arqueología de Puno. La sala permite conectar el complejo funerario con objetos concretos, técnicas de manufactura, prácticas de entierro y formas de autoridad en el altiplano.
Desde una perspectiva patrimonial, el tesoro también muestra la importancia de la documentación. Sin el acta de CORPUNO, los estudios posteriores y el registro museográfico, el conjunto habría quedado reducido a una noticia de hallazgo. Su valor actual depende de la conservación material de las piezas, pero también de la cadena documental que permite reconstruir su procedencia, su contexto y su interpretación arqueológica.
La documentación periodística contemporánea muestra además la rapidez con la que el hallazgo fue incorporado al discurso público regional. El acta de CORPUNO, los recortes de prensa y las publicaciones arqueológicas posteriores forman una secuencia documental que permite estudiar la circulación social del descubrimiento: de excavación y custodia, a inventario oficial, noticia pública, estudio académico y exhibición museográfica.[50]
En términos historiográficos, el Tesoro de Sillustani permite vincular tres dimensiones que suelen estudiarse por separado: el contexto arqueológico, la administración pública del patrimonio y la memoria regional del hallazgo. La documentación de 1971 registra nombres, cargos, inventarios y procedimientos; los estudios de Ruiz Estrada y Bolívar Yapura transforman esos datos en interpretación arqueológica; y la exhibición en el Museo Municipal Carlos Dreyer convierte el conjunto en un recurso de educación patrimonial para Puno.
El valor enciclopédico del tesoro no reside únicamente en su composición material. Su importancia está en que ofrece un caso documentado de hallazgo, registro, estudio y musealización de un ajuar funerario altiplánico. Esa secuencia permite explicar cómo un conjunto de piezas pasa de ser evidencia arqueológica a convertirse en patrimonio público y referencia para la historia cultural de Sillustani.
Conservación y turismo
[editar]Sillustani fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación mediante Resolución Suprema N.º 296/INC-2003. La administración y mantenimiento del recurso está a cargo de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Puno, entidad del Ministerio de Cultura.[1]
El complejo es uno de los principales atractivos culturales del departamento de Puno. Su visita se relaciona con el interés arqueológico, la observación del paisaje y los circuitos turísticos próximos al lago Titicaca. En 2021, el Ministerio de Cultura participó en su reapertura como parte de las acciones de reactivación turística y puesta en valor del sitio durante el contexto posterior a las restricciones por la pandemia de COVID-19.[2]
La conservación del sitio enfrenta desafíos asociados a la exposición de las estructuras al clima altiplánico, la presión turística, la necesidad de mantenimiento permanente y la protección de contextos arqueológicos aún no estudiados. Las intervenciones recientes han estado orientadas al acondicionamiento turístico y a la puesta en valor de las principales chullpas del complejo.[1]
La actividad turística ha contribuido a la visibilidad nacional e internacional de Sillustani, pero también exige una gestión cuidadosa. Las torres funerarias son estructuras expuestas y vulnerables a la erosión, a la circulación desordenada de visitantes y a intervenciones no controladas. Por ello, la puesta en valor del complejo requiere equilibrar el acceso público con la protección de áreas sensibles y con la investigación de sectores que aún conservan información arqueológica.
El vínculo entre el sitio y las comunidades del entorno es otro aspecto relevante. La península de Umayo forma parte de un paisaje habitado, con actividades rurales y memoria local asociada al complejo. La conservación de Sillustani, por tanto, no solo depende de acciones estatales, sino también de la relación entre gestión patrimonial, turismo regional y participación de la población cercana.
La ficha oficial del recurso turístico señala que el complejo cuenta con infraestructura básica para la visita, boletería, servicios higiénicos, señalización y senderos internos, aunque la conservación de las estructuras exige medidas permanentes de control, monitoreo y mantenimiento.[51] Esta condición ilustra una tensión habitual en sitios arqueológicos abiertos al turismo: la necesidad de facilitar el acceso sin convertir el monumento en un espacio de consumo que deteriore los contextos arqueológicos.
El Museo Municipal Carlos Dreyer complementa la visita al complejo porque conserva materiales procedentes de Sillustani y permite observar piezas que no pueden permanecer expuestas en el sitio por razones de seguridad y conservación.[52] La relación entre sitio y museo es, por ello, parte de la gestión patrimonial del conjunto.
El manejo patrimonial de Sillustani requiere, además, separar la experiencia turística de la interpretación arqueológica. El sitio suele ser visitado como parte de circuitos breves desde Puno, pero su comprensión exige reconocer la complejidad de sus sectores, la diversidad de sus torres y la existencia de evidencias menos visibles, como quilcas, terrazas, canteras y restos asociados. Esta perspectiva permite que la visita no se concentre únicamente en las chullpas más fotografiadas.
La conservación futura del complejo depende de investigación sostenida, documentación actualizada y educación pública. En un sitio expuesto, monumental y muy visitado, la protección física de las estructuras debe ir acompañada de información clara sobre su contexto cultural. De esa manera, Sillustani puede ser entendido no solo como un atractivo del altiplano puneño, sino como un archivo arqueológico abierto sobre muerte, poder, memoria y paisaje en los Andes.
Véase también
[editar]Referencias
[editar]- 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 Mincetur, 2022a
- 1 2 3 Ministerio de Cultura, 2021
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Bibliografía
[editar]Publicaciones académicas
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Fuentes oficiales y documentales
[editar]- Corporación de Fomento y Promoción Social y Económica de Puno (1971). Acta e inventario del hallazgo del Tesoro de Sillustani, Puno, 1971. Internet Archive. Consultado el 8 de mayo de 2026.
- Ministerio de Cultura del Perú (19 de enero de 2021). «Reapertura del Complejo Arqueológico de Sillustani en Puno». Consultado el 8 de mayo de 2026.
- Ministerio de Comercio Exterior y Turismo. «Complejo Arqueológico de Sillustani». Consultado el 8 de mayo de 2026.
- Ministerio de Comercio Exterior y Turismo. «Museo Municipal Carlos Dreyer». Consultado el 8 de mayo de 2026.
Enlaces externos
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