SEÑOR FERREIRO. – Como soy, vanidoso, se la permito. SEÑOR BAYLEY. – Quiero decirle, señor senador, que me bastó el solo anuncio de que usted – como suele hacerlo respecto de todos los problemas de interés – se ocuparía en serio del Tratado para prestar una gran atención a los datos que el señor senador iba suministrando.
éxico, 30 de enero de 1891 Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos.
Pero este carácter vanidoso se fue debilitando a medida que se extendía, y, algunos años más tarde, el varón de Foeneste fue ya débil caricatura, pero de una comicidad perfecta, y en la comedia del Menteur se mostró, en 1662, reducida a proporciones casi comunes.
Como TEZCATLIPOCA era bastante vanidoso y ante este triunfo, creyó haber ganado la guerra creadora, pues QUETZALCOATL nada había dado a los humanos aún.
El hijo del barón tenía diez y nueve años: también él volvió a la casa paterna después de haber estudiado y viajado. No era tan vanidoso como su hermana, pero su carácter se asemejaba bastante al de esta.
Los cortesanos se marcharon muy mustios; el príncipe metió en su guarda-ropa el traje que le había dado la mujer de la choza, a la que recompensó con esplendidez; y siempre que se sentía tentado por el orgullo recordaba lo que le había pasado en el bosque, la lucha del mosquito con el águila y las palabras que la mujer le había dicho, con lo cual se le pasaban los deseos de ser vanidoso.
La marquesa llamó entonces a Carmen, y la dijo: -Entre un
vanidoso derrochador, que hará cera y pábilo de tu hacienda, y un avaro, que si no la aumenta, sabrá conservarla para mis nietos, estoy por el segundo.
Ricardo Palma
Arrastraban de sus tobillos delicados varios eslabones de una cadena de oro rota, y cuando la molestia que le producía le obligaba a bajar los ojos al suelo, contemplaba vanidoso las uñas de sus pies, brillantes y pulidas como bien labradas piedras.
Yo la vi en la luna del tocador, acercarse sobre la punta de sus chapines de raso, con un picaresco reír de los labios y de los dientes. Alborozada me gritó al oído -¡Vanidoso!
Y así comenzó cierta vez este relato que sigue: EL TLACUACHE VANIDOSO Sin duda que alguna vez entre sus travesuras por el campo se han de haber topado con un tlacuache.
Luego el vanidoso tlacuache precisó: -Ahora quiero una guirnalda de amapolas para utilizarla sobre mi cabecita como tiara en señal de mi dignidad.
La voluntad se mantiene y se mantendrá inconforme de parte del Ecuador, para con este instrumento político, nacido de la arbitrariedad y de la fuerza; surgido por causa de un Gobierno vanidoso, que en vez de prestigiar al Estado, que se hallaba débil y cobarde, que se ofrecía como tierra de mendigos, de ignorantes y viciosos, sin capacidad de perduración y sin fisonomía económica y moral.